El Castillo de Anguix

por

Santiago Martínez Palacio

 Trascripción del capítulo VII de su libro


El Castillo

 

            En la arquitectura militar romana, aplicábase la voz castrum, al campamento fortificado y apercibido á[1] la defensa. También denominábase castrum, y en este sentido emplea Cicerón la palabra genéricamente, á fortificaciones análogas á las que en la Edad Media tomaron los nombres de castillo, alcázar, ciudadela, etc. De la voz castrum, fórmase el diminutivo castellum, por contracción castellum, aplicado á toda fortificación que las necesidades de la guerra, obligaban á levantar en medio de los campos. El castellum romano era un recinto cuadrado, rodeado de fosos con terraplén y empalizadas. Tratándose de terrenos conquistados que habían de guarecerse con tropas, o sea de campos fijos (castra stativa ), las construcciones hiciéronse con mas solidez y arte, apareciendo las llamadas castella stativa, obras que se multiplicaron en las fronteras y principales vías romanas en el periodo de la invasión de los bárbaros. Augusto defendió las fronteras del imperio con una serie de castra y castella enlazados.

 

            Ocupada la Europa por los invasores del Norte, cayeron en desuso esta clase de defensas, pero á la disolución del imperio carlovingio, la anarquía social, que fue su consecuencia, obligó á los propietarios de señoríos á fortificarse contra las acometidas de los vecinos, y en cada feudo construyóse una fortaleza, protectora de los burgos ó lugares que en derredor de aquellos se agrupaban, ocupados por los vasallos.

 

            En España adelantóse la época de esa clase de construcciones. La irrupción árabe fue el principio de una guerra secular iniciada por los hispano-latinos refugiados en las montañas de Asturias y en las vertientes de los Pirineos. Y desde los comienzos de la reconquista, la necesidad impuso obras de defensa, que cubrieron el suelo de la Península, de castillos y ciudades fortificadas.

 

            Los arquitectos militares de la Edad Media, subordinaban, como los romanos, sus obras defensivas á la potencia de las máquinas de batir y al alcance de las flechas, piedras, armas de hierro ó bronce y otras arrojadizas á mano, tan deficientes como las expresadas. De ahí que empezaran por elegir para la construcción de todo castellum una altura de acceso difícil. Procuraban al mismo tiempo emplazar la fortaleza en las inmediaciones de un río que rodease toda ó la mayor parte de la construcción.

 

            A veces las condiciones del terreno dificultaban la aproximación del río á las defensas, pero en todo caso rodeábanse los castillos de fosos que, aun sin ser susceptibles de llenarse de agua, formaban por su profundidad y la inclinación de sus escarpas y contraescarpas, un antemural defensivo casi inaccesible á la fortaleza. Al foso acompañaban los puentes levadizos, los rastrillos, las compuertas, las cadenas, todo lo que contribuía al aislamiento y dificultaba el asalto.

 

            En otros casos, los arquitectos militares, procurando siempre armonizar el arte con la naturaleza y los medios de ataque, elegían para el emplazamiento de las construcciones, puntos culminantes; cuya situación escarpada hiciera innecesarios los fosos, prefiriendo especialmente las eminencias roquizas, y de ahí que los castillos sobre ellas levantadas se denominen roqueros. A este género pertenece el castillo de Anguix.

 

            Dos son los tipos principales del castillo roquero en la Europa medioeval.

 

            El tipo mas antiguo presenta una torre cuadrada que se destaca sobre las demás edificaciones de la fortaleza, un recinto amurallado con cubos y torreones flanqueando las cortinas y un patio de armas. A la torre no se puede penetrar más que por una puerta situada á algunos metros sobre el nivel del patio de armas y solo accesible por un puente ó una escalera móvil.

 

            El segundo tipo conserva la torre dominando á los demás edificios; pero unida á estos por comunicaciones, dejando de ser, como en el primer caso, un todo independiente. Construida en medio de otras dos menos elevadas, tenía el carácter de torre de observación, y fue, andando el tiempo, destinada á ciertas ceremonias establecidas por el régimen feudal, como la del juramento de fidelidad que prestaba  el gobernador o alcaide de la fortaleza al tomar posesión de su cargo, y de ahí que se denominase torre de honor o torre del homenaje.

 

            En las primeras torres no había mas que una sola pieza en cada piso. Después se introdujo la costumbre de dividir cada piso en varios compartimientos, obedeciendo sin duda, al principio de aislar mas á cada una de las partes de la construcción, para extremar la defensa.

 

            La fortaleza de Anguix corresponde al primer tipo. No tiene foso, ni por consiguiente puente levadizo, mejor dicho, sírvele de foso natural por el N. una cortadura perpendicular de desciende hasta la ribera del Tajo y por E. y O. escarpadas y pedregosas pendientes cuyos puntos de intersección determinan las líneas de crestas que en dirección Sur, señalan la del camino cubierto que al castillo conduce.

 

            La fortaleza constituía un recinto cerrado compuesto de la magnífica torre cuadrada llamada del Homenaje, el patio de armas limitado por soberbios muros y la barbacana.

 

            Lo primero que llama la atención del visitante, es la cara Sur de la torre, de imponente aspecto, con sus dos robustos cubos angulares. Rasga el lienzo en el centro á 12 metros de altura espaciosa ventana de arco rebajado, sobre el cual se nota la falta de dos hiladas de sillares del revestimiento del muro, en las que hasta muy cercana fecha campeaba larga inscripción. Restos de ella son los caracteres grabados en unos de los sillares de la hilada mas alta, donde no pudo sin grave peligro llegar la piqueta profanadora.

 

            Cuentan personas que alcanzaron á ver la inscripción completa, que en el verano de 1869, pasó por la ribera del Tajo, el Duque de Montpensier, de regreso del balneario de la Isabela y con dirección al monasterio del Desierto de Bolarque. Al divisar el castillo, el Duque manifestó deseos de visitarle, y con algunos de su comitiva ascendió al castillo. Al día siguiente la inscripción en su mayor parte había desaparecido. En el sillar respetado, no por virtud sino por el riesgo que su extracción ofrece, léese claramente los siguientes caracteres: GUIXA[2]. Pero como á su izquierda queda el hueco de otro sillar de la misma hilada, puede asegurarse que en él empezaba la inscripción con las letras AN, que, unidas á las conservadas, forman el nombre de ANGUIXA, único monumento escrito, contemporáneo de la construcción del castillo.

 

            En los sillares sustraidos quizás, se consignaría una fecha, un nombre ¿ quien sabe ?. Condena al Duque de Montpensier, la coincidencia de su paso por el castillo con la desaparición de aquellos restos arqueológicos, y tal como ha llegado á mí, para que siempre conste, consigno la noticia sin mas comentarios.

 

            Bordeando las escarpas naturales para continuar la inspección exterior, antes de penetrar en el castillo, llama la atención el arco de la poterna y la robusta muralla que empieza en el cubo O. de la torre y limita el recinto del patio de armas. Son admirables los tres lienzos que miran al O., N.-O. y N., miden de altura mas de 20 metros y apoyan sus primeros sillares en los peñascos, al borde de los riscos. Pero lo mas notable es la factura magistral de los tres cubos que refuerzan los ángulos N. y N.-O. Mirados desde arriba parecen colgados en los despeñaderos; vistos desde abajo semejan grandiosas columnas de amplio basamento y largos fustes incrustados en los muros un tercio de su circunferencia, cuyo diámetro disminuye á medida que se elevan hasta surmontar la base de las almenas. Solo un cataclismo geológico puede abrir estos magníficos cubos si los hombres no los destruyen. Porque hay hombres mas enemigos que el tiempo de los monumentos arqueológicos, por ejemplo; los pastores, enemigos inconscientes de toda edificación abandonada en las soledades del campo. Mas terribles son sus hondas para el edificio en despoblado, que las ondas del mar para el barco en las soledades del Occeano. Si lejos de población veis algún lienzo de pared resto de un castillo o de un convento, no preguntéis quien contribuyó á su ruina. El pastor juega con la piedra como el niño con la arena; sino la encuentra rodada la arranca, si es ligera le sirve para dispararla sobre la extraviada res, si pesada para rodarla por un despeñadero, y así entretiene el pastor sus ocios mientras pace o sestea su ganado.

 

            La puerta principal debió de estar situada al final del camino cubierto. Reconstruyéndola mentalmente apoyaríamos los sillares de la izquierda, entrando, en los peñascos inmediatos al cubo S. de la torre; elevaríamos el tambor de la derecha para que sirviera de contrafuerte al arco de la puerta y rasgaríamos con dos otres saeteras la parte alta del tambor, garita de un centinela, coronando de almenas todo el frente. Quien atravesase los umbrales de esta puerta, no habría penetrado aún en el castillo; quedaría prisionero en el espacio limitado por los muros de la torre y un lienzo del patio de armas á la izquierda, por la barbacana á la derecha y por otra puerta al frente abierta en una pared transversal de la que solo restos quedan. Pasada esta segunda puerta hay otro espacio aislado entre el segundo lienzo de pared del patio de armas, la barbacana y el cubo N.E. del recinto. ANtes de llegar á este, ábrese la tercera puerta única que se conserva con su arco rebajado de labrados sillares, sobre cuya clave nótase el hueco donde un día luciera el escudo calatraveño. Penétrase por ella en el patio de armas que afecta la forma de un polígono irregular de siete lados, dos de los cuales corresponden á otros tantos lienzos de la torre, tres á las murallas mencionadas y los dos restantes edificados en el interior del recinto, corren paralelos á la barbacana. Las murallas del patio miden en su altura 1´30 metros de espesor y si se tiene en cuenta su pronunciado talud y su elevación, no es exagerado suponer que tengan mas de tres metros de diámetro en su base.

 

            Un muro de metro y medio de espesor dividía el espacio poligonal del patio, desde el cubo N. de la torre al del mismo punto cardinal del patio, dejando al O. un espacio triangular determinado por la muralla, la torre y el muro divisorio, cuya puerta conducía á la rampa que desciende á la poterna.

 

            La acometida por esta parte á la fortaleza era por demás temeraria, pues aparte del declive de la rampa, los sitiadores, aún ganando la poterna, quedaban aislados bajo los tiros combinados de ballesta, dardos y demás armas arrojadizas que los defensores podían lanzar desde los tres lados del triángulo.

 

            En la torre se condensa y resume toda la importancia del castillo.

 

            Hallábase emplazada sobre un plano rectangular de 15 metros de largo por 10 de ancho; mide de 23 á 25 metros de altura (pues ésta varía por el desnivel de la base) hasta el nacimiento de las almenas, y sus robustos muros de mampostería, aparecen revestidos de sillares toscamente labrados. Los cuatro ángulos están fortalecidos por enormes cubos de cerca de cuatro metros de diámetro en su base y que corresponden á los cuatro puntos cardinales. Los cubos S. y O. tiene firmísimo asiento en la peña, los otros dos, que miran al patio de armas, apóyanse sobre molduras de piedra incrustadas en el puro, resultando ambos cubos en saledizo. El del Norte es hueco y en su interior está fabricada la escalera de caracol que sube á las almenas, los otros tres son macizos.

 

            Tiene la torre su entrada única por el patio de armas, á la altura en que debieron estar la habitaciones altas del mismo. Es una puerta estrecha de arco semicircular prolongado, que la dá un carácter puramente bizantino. Sobre la clave una roza hecha en el espesor del muro denuncia el hueco de un escudo. También se observan en este lienzo de pared, saledizos de piedra dispuestos en linea diagonal, en los que descansaban los pares de la cubierta del patio: Consta, la torre de tres pisos; destinados, el bajo, á cisterna ó algibe, el principal á sala de armas y el segundo á cocina y dormitorios señoriales.

 

            El algibe es munumental. Miden sus muros de tres á cuatro metros de espesor, según los lados y están interiormente revestidos de otro de 0´70 metros de hormigón tan duro y permanente como el granito. Limitan estos gruesos muros, un espacio rectangular de 28 metros cuadrados por 9 de altura (252 metros cúbicos) hasta la base de la bóveda de medio cañón, hábilmente fabricada con dos órdenes de ladrillos, é interrumpida por el círculo del brocal labrado en una sola piedra. En este algibe recogiánse las aguas llovedizaas no solo de la torre, sino tambien de los tejados del patio, por medio de resaltos exteriores que las conducían á la ventana E. del primer piso, desde donde penetraban por una pequeña targea que corría bajo el pavimento y desaguaba en el algibe, por la parte inferior del brocal.

 

            El salón de armas ó piso principal, sobre la bóveda del algibe tiene dos grandes ventanas, una á Levante y otra al Mediodía, a 12 metros sobre el nivel general del plano de la torre.

 

            Arcos en dintel, más que rebajados, parecen por lo chatos, los de las ventanas que miden de luz 2´30 metros de altura por 1´60 de anchura y de fondo 2´40, la ventana, Sur, y 1´30 la que mira á Levante, dimensiones que coinciden con el grueso de los respectivos muros. Decoran estas ventanas asientos laterales de piedra en saledizo, desde los cuales puede comtemplarse con toda comodidad el agreste y pintoresco panorama formado por las riberas del Tajo y la cadena de montañas, verdes, grises y azuladas que flanquean la cuenca del río. En el ángulo Norte de este piso, ábrese una pequeña puerta adintelada que comunica con la escalera de caracol alumbrada de trecho en trecho por bien extendidas saeteras. Asciéndese por esta escalera al segundo piso, de cuyo pavimento de madera solamente en los muros quedan recuerdos.

 

            Amplia chimenea, cuyo cañon asciende taladrando el muro, denuncia la cocina, que recibía sus luces por magnífica ventana de 2´30 metros de fondo, abierta en el lienzo occidental, y otra pequeña ventana al N.O. adintelada, indica el dormitorio en donde quizás pasaría aburridísimas noches, esperando en vano la realización de sus sueños virginales, la hermosa castellana inspiradora de amantes trovas ó de cantigas sentimentales.

 

            Una curiosa particularidad que se advierte en este piso es el arco ojivo conopial que decora la chimenea. Este elemento artístico demuestra claramente que á fines del siglo XV ó principios del XVI, experimentó el castillo importantes reparaciones, puesto que á esta época corresponde la forma más abierta del arco apuntado, característico del estilo ojival; y coincide con la fecha en que adquiriera el castillo y sus dominios el Conde de Tendilla, quien como persona culta y famoso capitán, hubo necesariamente de procurar por la conservación y ornato de tan soberbia fortaleza[3].

 

            En la parte alta, pocas almenas quedan y ninguna completa. De su factura y proporciones grandiosas da idea el ejemplar que reproduzco[4].

 

            El ancho de los muros, cubierto hoy de cesped, permite andar sin peligro alguno por aquella altura vertiginosa.

 

            En los enlucidos muros de la escalera, los visitantes han escrito nombres y fechas. Es el álbum del castillo. De las inscripciones allí grabadas, la mas antigua es de 1751 y revela que yá en aquel tiempo, la casa de Mondéjar tenía abandonado el castillo; la mas curiosa, la que encierra en un óvalo dos nombres, "José Hernandez, María Gabiña", todo un poema de amor.

 

            No fatigo al lector con mas detalles descriptivos. Cada inspección descubre elementos inapreciados antes, é inspira nuevas consideraciones.

 

            Para formarse una idea de la importancia defensiva y del valor monumental de este castillo, es preciso visitarle, porque toda descripción resulta pálida, y visitarle, provisto de la paciencia benedictina y el afán de investigación del arqueólogo.

 

            En resumen: la elevada torre sobre un plano de 140 metros cuadrados, el recinto amurallado, en el que se conservan en perfecto estado tres lienzos y tres cubos, la puerta de arco rebajado, entrada del patio de armas, la poterna y la puerta bizantina de la torre; en esta el algibe, la sala de armas, la escalera espiral, la chimenea y su arco apuntado, las dos ventanas y los restos de las almenas en lo alto: ésta es la firtaleza de Anguix, tal como hoy existe, en disposición de desafiar aun los siglos, á pesar de los quebrantos en ella producidos por el tiempo, el rayo y los pastores.

 

            En su construcción debieron concurrir razones especialísimas que la historia no explica, ni es fácil de adivinar. Extraña ciertamente el exagerado grueso de sus muros, incomprensible para aquellos sitios, donde las máquinas de batir no hubieran podido ascender ni aun arrastradas por cincuenta bueyes, ni funcionar por ninguno de los lados abiertos como insondables abismos por barrancos inaccesibles, y para aquellos tiempos en que, desconocida aún la pólvora, las armas portátiles blancas y arrojadizas, resultaban inofensivas para muros de menos espesor.

 

            ¿ A qué obedeció construcción tan formidable ?. La naturaleza del terreno favorece sobradamente la defensa; ¿ qué se propusieron aquellos gerreros de la Reconquista al levantar muros de piedra y argamasa de tres metros de expesor apoyados por cubos de cuatro metros de base en aquella altura escarpada casi inexpugnable ?. Por lo demás, la construcción resulta armónica en todas sus partes y parece sometida á un plan bien meditado. No se observan modificaciones del primer proyecto. Tal como fué concebido llevóse á efecto sin vacilaciones ni aditamentos con perfecta seguridad en el artífice director, con la uniformidad que revela en una construcción de importancia, la subordinación de la mano de obra al pensamiento científico. Admira el esfuerzo que la construcción del castillo representa, en una civilización que desconocía muchos de los principios y elementos arquitectónicos aplicados en las obras por las civilizaciones egipcia, griega y romana, y que no disponía de las fuerzas auxiliares que la dinámica presta al constructor en tiempos modernos.

 

            Si con los procedimientos conocidos en nuestros días quisiera construirse un castillo en el sitio y las condiciones que el castillo de Anguix, solamente el arrastre de los cuantiosos materiales allí acumulados, la labra de la piedra, la fabricación del ladrillo, del yeso y de las argamasas, representaría los cuatro quintos del presupuesto. El quinto restante sería el precio de la mano de obra y ésta, en una edificación de tal naturaleza, al borde de las enriscadas escarpas, no puede adelantar por el reducido espacio que cada unidad ha de ocupar y que hace imposible la acumulación de brazos y materiales en perjuicio del progreso de la construcción. Y considerando estas partidas, espacio, tiempo y materiales, no sería exagerado asegurar que el castillo de Anguix si hubiera de construirse á fin del siglo XIX, costaría más de dos millones de reales. Su restauración sin embargo no ascendería á más de seis mil duros, dirigida por un arquitecto de modestas pretensiones é inteligente en la historia del arte monumental.

 



[1] Se ha mantenido en esta transcripción la "a" acentuada según figura en el texto original

[2] En el libro original, aparece una fotografía de dicha inscripción incompleta escrita con caracteres antiguos

[3] En el libro original, presenta un dibujo del arco mencionado.

[4] El autor inserta fotografía de los restos de una de las almenas